dani

Ago 252012
 

En el momento de su estreno, escribí: De bajísimo presupuesto, esta producción de Steven Soderbergh, puro ejercicio de expresión cinematográfica, dejará las salas vacías. El espectador se lo pierde.

No contar nada. Ése es el mayor desafío que puede plantear el cine contemporáneo. Exponer un argumento que no contenga ningún conflicto, que obvie cualquier problema y se limite a narrar cómo el tiempo fluye. Bubble deja al espectador frente a una mecánica perfecta, en la que todo transcurre de forma plácida y dolorosamente natural: personajes que comen porque tienen hambre, que trabajan para vivir y que duermen para descansar. En la primera mitad de metraje, seguimos unos protagonistas sonámbulos, miembros de una pequeña comunidad entregada a su trabajo en las fábricas, seres que hablan poco y dicen menos, que viven de forma muy calculada, atendiendo sus necesidades y cumpliendo sus deberes. Así y de forma muy natural, el espectador más despistado se interrogará sobre la verdadera naturaleza de un film cuya mayor estridencia consiste en la aparición de un personaje que tiene belleza, juventud, vida, y que, por tanto, no respeta las reglas. Un tema que parece que no basta, y menos en manos de un cineasta como Steven Soderbergh, responsable directo de productos mucho más comerciales, pero también autor impredecible, capaz esta vez de concebir todo un ejercicio de expresión cinematográfica en el que su verdadero tema nunca viene contenido en unos diálogos, llamativamente insustanciales, sino en el poder de una imagen que escudriña e interroga los rostros de unos personajes que, esencialmente, ocultan un horror. Y resulta inevitable: en un primer plano, expuestos bajo una luz dura, el alma de los personajes sobresale. La cámara no miente.

Ago 222012
 

Desde sus primeras imágenes, Carlos contra el mundo cuenta la historia de una película que responde a otro nombre: El hombre araña contra el mundo. Un título que la Marvel no permitió.


Frente a un enchufe, un niño disfrazado juguetea intentando crear una araña radioactiva. Se coloca una máscara y la cámara se aproxima a unos ojos desafiantes. Los plomos de la casa se funden, la madre aparece y la imagen se desplaza del lugar de la riña a la ventana de la habitación, desde la que vemos la lluvia y un adhesivo de Spiderman. ¡Carlitos, cuando se entere tu padre verás! La lluvia y la amenaza comunican con una carretera mojada en la que un hombre vende tabaco. De regreso a casa, muere solo, en un estúpido accidente de moto. Asistimos a su entierro, y allí, un lento travelling se detiene ante la mirada derrotada de un joven. ¡Pobre soñador de tebeos! Dolorosa rima, elipsis inesperada: de la mirada grave a los ojos hundidos, ha llovido de tal modo sobre la infancia de Carlos, que ni él ni nosotros habíamos percibido el paso del tiempo. Un ciclo acaba de culminar, y ahora Carlos, sin oficio ni beneficio, será un superhéroe de barrio que debe luchar contra el nuevo rol que le han asignado, el de cabeza de familia, y una realidad que no le apetece vivir. La aventura es muy creíble y cuenta con villanos y aliados del todo reconocibles: una madre viuda, un hermano pequeño, una tía gruñona, un primo prepotente, una novia peluquera, un amigo quiosquero, un colega mangui…

Lo que sigue, no es el sueño peterpánico de una infancia inmóvil, sino la pesadilla del mundo. El tiempo del relato se ralentiza y nos preguntamos por qué las horas de nuestra infancia fueron tan breves. Carlos deberá enfrentarse contra todo un universo de valores: encontrar trabajo, conseguir dinero y aceptar responsabilidades. Para no hacer esto, se convertirá en ladrón, estafador y embustero. Así, la historia del filme nunca será la de un tipo que crece, obtiene un empleo y mantiene a su familia. Lo que cuenta, sobretodo, es cómo un chico pasea ocioso por la playa, escucha música techno y pinta un mural. Es el conflicto común de las mejores comedias: esa dialéctica imposible de unas imágenes libres que relacionan una trama de bloqueo con un personaje loco y desinhibido.

Descubrimos al auténtico Carlos paseando las horas de su presunto trabajo por las playas de su niñez. Y, alejado de cualquier reproche, nos damos cuenta de que suele evitar una posición erguida. Lo vemos encima de la torre de vigilancia, mirando el cielo a través de vidrios de colores, caminando a cuatro patas o escalando su mural. Ese mural, es una obra secreta, una imagen negada y, como tal, estimula nuestro deseo de ver. Detectamos sus trazos circulares, sus colores chillones. Pero, mientras nuestra astucia de adultos adivina su forma, ha pasado desapercibido su rico potencial semántico, su carácter de diagrama reconocible de un mundo soñado, definitivamente perdido.

Carlos es descubierto y, como castigo, se le condena a vivir ante la indiferencia del mundo. Huye. Y, para ello, no nos extraña, toma un avión. Podríamos interpretar poéticamente ese último gesto, y afirmar que Carlos viajó al mundo de los seres insensatos que conocen la alegría del cielo. No bastaría. Sencillamente diremos que Carlos encontró el valor de viajar hacia sí mismo y quizá entendamos mejor la mirada de su autor, Chiqui Carabante. Reconocer cómo él esos lazos excesivamente débiles que unen el alma con el mundo. Dentro del avión, la cámara retoma su primer movimiento, vuelve sobre su personaje. Y, hay que decirlo, difícilmente una película española había mirado tan de cerca los ojos de la infancia.

Ago 182012
 

El cine ha explicado hasta la saciedad que mirar el mundo es un espectáculo. La spettatrice muestra de un modo muy original que el espectáculo aún no ha terminado.

Hay algo evidente, muy en la superficie de esta película, que la hace distinta a cualquier otra que trate el tema de la mirada. Valeria, como tantos otros personajes del cine, mira cada noche a su vecino por la ventana. Su manera muy cinematográfica de amar consiste en mirarlo profundamente. Pero esta mujer solitaria, que trabaja pronunciando en otros idiomas las palabras de los demás, que sigue los pasos de otros, es bellísima. Entonces, uno no entiende, y se pregunta porqué es la mujer que mira y no, lógicamente, la mujer mirada. La respuesta es sencilla: a lo largo de toda su historia, el cine ha (ad)mirado excesivamente la belleza, la ha desgastado. Y el cineasta Paolo Franchi en la spettatrice, se aparta de un camino muy trillado y se pregunta qué ocurriría si la silenciosa heroína de su historia, ese personaje que sólo desea saber y mirar pasando inadvertida, tuviera la torpeza de ser hermosa. Y la película llega al fondo de la cuestión, se mueve. El vecino se muda a Roma y Valeria, sonámbula, lo sigue, abandonando su ventana. Entonces, ese movimiento directo, en el que el personaje principal decide, se aproxima, se hace visible, atraviesa la línea de la sombra, rompe con toda la lógica de un film muy poco predecible.