dani

Ago 152012
 

A menudo, escucho este reproche: Es que no sé qué cuenta. Una aseveración fácil, perezosa, que responde a la dificultad de hallar unas palabras precisas que definan una determinada obra cinematográfica. Por el contrario, Deberíamos preguntarnos: ¿es que acaso tendría que haberlas? Y si las hubiese, ¿no debería su autor haber escrito una novela en lugar de rodar un film?

Intentar definir La ciénaga (2001) de Lucrecia Martel, implica referirse a la psicología de unos personajes o describir unas atmósferas, mucho antes que intentar resumir su argumento. En cada caso, cada alma viviente que habita los fotogramas de este esquivo film, prevalece un movimiento muy particular: un gesto privado, una acción personal, cuyo sentido percibimos sin tener que entenderlo. Más aún, cuando la dinámica general de esta película, al estar condenada o desembocar siempre en una quietud, carece de un evidente sentido. El plano que predomina, aquél que atraviesa con mayor insistencia todo el metraje, acoge de manera horizontal unos cuerpos hastiados, tendidos en camas, tumbonas, víctimas de un hiriente calor. Tanto es así, que no resulta nada extraño lo que acontece en el hábitat principal de La ciénaga. En La Mandrágora, se libera una carga de sexualidad, tan palpable como furtiva. Frente al desdén que Mecha y Tali muestran por sus maridos , un evidente erotismo impregna los vínculos afectivos que median entre hermanos, primos, sobrinos y criadas. Detectamos ligeros gestos muy expresivos, miradas efervescentes plenas de húmeda complicidad. En definitiva, pequeños signos que invitan al estatismo, al secreto, capaces de sustituir todo deseo externo. Ningún escape posible, ningún viaje, en este círculo cerrado, esta telaraña de voluptuosas imágenes. El ejemplo más evidente, nos lo dará José, el hijo errante de Mecha. Tras conocer la noticia del accidente, la imagen de su cuerpo saltará de la ciudad, donde prepara la maleta, al interior de la finca, en un impactante plano desnudo, de espaldas, quitándole las gasas a su madre. El viaje, aunque real, se ha eludido, privilegiando el paso abrupto entre estaciones, el choque sensual y directo de unos cuerpos.

Se dan, sin embargo, perturbadoras imágenes de tránsito. El tiempo no se desliza de forma tan seca y lineal, uniendo directamente causas y efectos. De manera inesperada, unos niños corren con globos llenos de agua, sustituyendo la carrera de Mecha hacia el hospital. Risas compartidas entre perseguidores y perseguidos, cuando la situación sigue siendo la misma: un calor del carajo. Corte. Y, diez minutos después, retoma el movimiento de otros globos que estallan en la puerta de cristal de una tienda de ropa, donde las niñas buscan algo que regalar a su hermano José. Este juego de niños se trunca y reencuentra tiempo después. La causa (persecución con globos) y efecto (estallidos sobre el cristal, tomados desde el interior del local) se han separado. El tiempo se ha escindido, desnaturalizado. Se ha roto la progresión lineal que aparentemente tiene toda la película. En el primer caso, de forma hipnótica, elegante, enlazando sonidos de claxon. En el segundo, como hiato imposible, uniendo el gesto de rechazo de Mercedes y la pose apesadumbrada de José, con una animada persecución infantil.

Ago 122012
 

Más que una simple adaptación literaria, Factotum parece una delicada pieza de jazz, donde la palabra busca la acción y la acción encuentra la palabra.

Es difícil concebir un movimiento más dinámico que el de Henry Chinaski. Su historia es la de un alma borracha buscando un trabajo decente, la aventura de un joven que conoce distintas mujeres, que siempre abandona por su soledad de escritor. Un periplo de estaciones pasajeras, personajes fugaces, con un mismo destino: la barra de un bar, la habitación de un hotel de tercera o el banco duro de un parque.

La novela de Bukowski era ya un perfecto libro de imágenes, que el filme de Bent Hamer reproduce habilmente a través de microsecuencias que hilvana armónicamente la música de Kristin Asbjornsen. Aquí no se trata sólo de conseguir una película, sino de crear una pieza de jazz, en la que el verbo, convoca un motivo visual y la palabra remite a una imagen. No es una dialéctica perfecta, sinfónica, sino contradictoria, jazzística, hilarante. Chinaski es el artista ebrio, ajeno a la vida, que pide un taxi cuando sólo puede pagar un autobús y duerme tranquilo en su lecho mientras el edificio arde. Hamer, como Bukowski, podría habernos mentido contándonos otra historia sobre el deseo violento de vivir. No ha sido así. Factotum, reproduce el ojo del escritor: en un instante privilegiado del filme, Chinaski, se duplica y se ve a si mismo encerrado en una diminuta ventana mientras se dice: quizá el hombre, encerrado en su forma, muera del mal de ser hombre, porque olvida muy pronto que podría ser un espíritu.

Ago 102012
 

Mientras el mundo grita en el cine todos sus problemas, el director britanico Mike Leigh se desmarca construyendo una película en torno a un personaje profundamente feliz

A primera vista, Poppy, la joven que protagoniza este film, parece sólo una lunática desbocada que ríe sin sentido y puede ser una presencia forzada para más de un espectador. Sin embargo, ella y sólo ella, justifica que Happy-go-lucky (título original, traducible como “La viva la Virgen”) sea una sorprendente isla dentro de todo un universo cine que insiste en nutrirse una y otra vez con personajes cargados de problemas. Desde el primer al último plano, ella está encantada sólo por el hecho de existir. Y baila significativa y transgresoramente en la disco al ritmo de Common people, del grupo Pulp. Porque, como dice la canción, por más que le pese al mundo, jamás vivirá, ni hará, ni fracasará como la gente corriente y nunca verá, como muchos, que su vida se desvanece. Poppy es capaz de eso y mucho más, incluso de reír (casi) sin parar en una película de Mike Leigh, donde la batalla por la felicidad está de antemano perdida y sus tramas, a menudo oscuras, suelen llenarse de nervio, de rabia, de locura, de vida. No se trata para nada de ese típico cine realista inglés. Aquí, Leigh, despliega como nunca toda una poética del espacio y hace de Londres una ciudad totalmente inventada, un lugar diferente donde ha dejado de llover y todo se ha transformado en un espacio mental que revela el espíritu luminoso de la protagonista. Así, en un instante de inmensa dicha, de envidiable intimidad amorosa, vemos como la puerta se cierra en torno a un primer beso. Parece que la cámara se aparta, pero no, queda también dentro. Y es que allí, donde otros cineastas sufren, callan y sólo ven oscuridad, Leigh ha retratado como nadie los instantes de luz.