Sep 262012
 

Con Grizzly man, Werner Herzog nos regala una revelación: todavía existen imágenes nuevas y territorios inexplorados por el cine

La realidad actual tiene tanto crédito como la fantasía; el mundo moderno es un espacio herido, rodeado de cámaras y dañado por la civilización. No quedan espacios vírgenes, ni imágenes verdaderas, concluye Werner Herzog. El drama del cine, que se alimenta de una realidad y propone un encuentro con el mundo, es que se ha transformado en un arte imposible. Grizzly man, afortunadamente lo desmiente. No es propiamente su película, sino un objeto encontrado: 100 horas de vídeo que el ecologista Timothy Treadwell dejó de su experiencia durante 13 veranos en las tierras de Alaska, antes de ser devorado por un grizzly, el oso más peligroso del mundo. Así, mientras la vida habla de un cuerpo engullido, de unas vísceras, el cine, más amable, revela la imagen del actor ausente. El encuentro con la naturaleza salvaje tuvo lugar puesto que fue filmado. Y Herzog, fascinado, monta e interroga unas imágenes bellas, de una infancia excesiva, que rebasan el límite de lo filmable y describen al loco aventurero que desprecia el peligro y asume el riesgo. Treadwell, enamorado de los osos, protagonista de su propia película, desestima una naturaleza caótica y cruel: para él, un zorrito descuartizado, un osito devorado por su padre, no son más que fallos de guión. Herzog muestra tanto como puede, respetando la privacidad de su muerte, y nos brinda un abanico de imágenes puras que sitúan al espectador más allá de los límites del cine.

En el primer plano del filme, sobre la imagen de nuestro personaje, leemos: Timothy Treadwell (1957-2003). Es importante para Herzog que el espectador tome conciencia, desde el primer instante, que aquello que va a contemplar a continuación, por muy estúpido y descabellado que parezca, tiene la trascendencia de un último aliento, el poder de unas imágenes que preludian las últimas y que abren un interrogante aparentemente imposible: analizando las imágenes del documental encontrado, ¿es posible hallar algún signo de muerte que pronostique la inminente fatalidad? ¿Es la cámara lo suficientemente sensible como para dar un resultado profético, capaz no sólo de revelar el tiempo presente de la imagen, sino contener parte de futuro? Y más allá del cine y sus imágenes, estudiando la historia de esta aventura, leyendo las últimas entradas del diario de Timothy, ¿hasta qué punto podíamos predecir el preciso instante de su muerte? El documental empieza y los signos suceden: su último verano con los osos fue el nº 13; el último oso que filmó, quizá su asesino, parece jugar en el agua pero quizá sólo está desesperado buscando comida; Amie, la novia de Timothy, ausente en el resto de filmaciones, aparece como despedida en el último vídeo, justo antes de morir; el último plano rodado, el más revelador, muestra Timothy desenfocado, improvisando y estirando su discurso en un paisaje que se mece por un viento paulatinamente agresivo. Entonces, Herzog afirma: “Parece que duda sobre si debe salir del último cuadro de su película”. Finalmente, sale. Ya no está. Desaparece. En su diario había escrito indignado: “Cómo odio el mundo de los humanos”. Y Herzog, otro loco aventurero, pero también un sabio, no le respalda: “La aventura de Treadwell, sus vídeos, demuestran que no se trata de mirar la vida salvaje, sino de mirarnos a nosotros mismos, nuestra naturaleza”.

Sep 232012
 

Sin dejar de ser divertida, el guionista de Pequeña Miss Sunshine, logra que la saga dé un paso de gigante en dramatismo y complejidad

Se anuncia ya en el clásico corto que precede a las producciones Pixar. En Noche y Día, la pieza maestra más conceptual que haya sacado la factoría, vemos como los extremos se tocan. El paraíso se encuentra a un paso del infierno. Tan pronto eres juguete como residuo, tienes dueño como te ves abocado a la oscuridad y el polvo. La misma imagen que abre y cierra esta película, un cielo nublado, anuncia el que es, y ha sido, el capítulo más violento y oscuro de toda la saga, el que más se aproxima a una tragedia, aquel que marca el final de una era, ese dramático paso de la niñez a la adolescencia. Nunca una estrofa de la canción leit-motiv, Tienes un amigo en mí, había sido tan cuestionada. El tiempo pasará, lo nuestro no morirá. Pero el tiempo existe, y la muerte nunca había sido tan posible. La primera secuencia marca precisamente el último delirio de Andy con sus juguetes, los últimos destellos de su mente infantil. Y Michael Arndt, guionista de Pequeña Miss Sunshine, ha resuelto ese conflicto combinando ambos extremos: la risa luminosa e inteligente con la gravedad más rotunda y extrema. Apoyado por algún guiño cinéfilo, como ese mono malvado, el ojo que todo lo ve, nacido a partir de un resumen de 2001, Arndt, señala tanto como sortea uno de los peligros del cine moderno: ese exceso de visibilidad que podría dinamitar ese misterio enriquecedor que reside en nuestra imaginación.

Sep 202012
 

Se trata de una impresión muy hollywoodiense: el conjunto de cosas que tienen que ver con el cine pero que no son cine rebasa a veces aquellas que sí lo son. Son esas cosas que tienen que ver con la cocina que no con la plástica y que consisten someramente en cómo el productor pasó casi un año durmiendo apenas una hora diaria, cómo una de las actrices, vendida a un estudio, incumplía su contrato y se presentaba a las pruebas de un importante proyecto, o la protagonista aceptaba vivir su personaje los 125 días de rodaje sin mantener contacto con su prometido. El productor, David O. Selznick, no se permitió el lujo de dormir ya que se había jugado toda su reputación en la que anunciaba, desde su génesis, como mayor película de todos los tiempos, y a la que dedicó tres años de su vida. La actriz Olivia de Havilland huía del poder del productor Jack Warner y se presentaba secretamente a un casting fuera de los límites del Estudio; Vivien Leigh trabajaba más que ningún otro intérprete animada por el amor, su deseo de reencontrarse cuanto antes con su futuro marido, el actor Laurence Olivier. De esto y muchas cosas más habla la lujosa edición de 4 dvd’s de Lo que el viento se llevó, rica en anécdotas y con algún que otro extraordinario valor añadido. Lo más valioso consiste en una entrevista sorprendente, por reciente, a una Olivia de Havilland casi nonagenaria, de mente tan lúcida que se muestra capaz de ofrecer un retrato del filme a través de Melanie Hamilton, su personaje en el filme. Y lo menos interesante ocurre en el disco 4, en los documentales de los protagonistas, Vivien Leigh y Clark Gable, pese a que en éste último podamos disfrutar del testimonio del cineasta William Wellman (autor de, entre otras, The public enemy, 1930). Respecto a Clark Gable, en toda la edición se le hace un retrato bondadoso, icono perfecto de la masculinidad, más interesado por la caza o la pesca que por las mujeres y ofrece una versión amable de la sustitución del director George Cukor por Victor Fleming, en la que parece ser que Mr. Gable tomó parte: “Gable, que antes había acordado que Cukor fuera su director, descubrió (un poco tarde: a tres semanas dentro de la filmación) que Cukor era homosexual. Gable en escena, durante una toma, delante de todo el equipo, mandó a parar la cámara para gritar: «¡No me voy a dejar dirigir por un maricón! ¡Quiero que me dirija un hombre verdad!». Gable exigió un maestro de ceremonias viril. El bebedor, vividor, compañero de cacerías Víctor Fleming sería ideal, y lo fue.”

Pero como apuntábamos al principio, todas estas declaraciones, entrevistas, noticiarios y recetas de producción acaban memorizando honores en vez de honrar la memoria. Porque, después de bastante más de medio siglo, ¿qué imágenes han quedado de esta película? Es algo que no recoge esta edición, una revisión crítica actualizada del filme. Lo que el viento se llevó, vista hoy, más allá de su empaque folletinesco, de sus diálogos cargados y monólogos discursivos, sigue destacando como ejemplo de auténtica magia cinematográfica: su color, su relieve, difícilmente reproducible actualmente con la más alta tecnología, sigue sobrecogiendo, curiosamente no sólo por sus interpretes, sino más bien por sus planos generales. Gone with the wind, un film iluminado primordialmente por la luz del crepúsculo, que intenta contar una historia de amor, y acaba centrándose en la inminencia y el horror de la guerra, emociona cada vez que la cámara abandona a sus héroes y nos muestra, más allá de su ampulosidad, la insignificancia del ser humano.